Copenhague

martes, 13 de mayo de 2008


Copenhague es una ciudad de contrastes: los viejos palacios y edificios monumentales conviven en armonía con una moderna arquitectura de cristal y acero. Vital y luminosa, es la más mediterránea de las ciudades escandinavas. El núcleo primitivo de la ciudad se sitúa junto al canal Nyhvan, un bello embarcadero al que se asoman las pintorescas y centenarias fachadas de las casas.
Las más antiguas datan de 1671, cuando se abrió el canal, y en sus acogedoras terrazas se pueden degustar delicias típicas como el frokost tallerken, un surtido elaborado con arenque, salmón y verduras; Copenhague, la antigua puerta comercial y social del Mar Báltico, continúa hoy en día haciendo alarde de su fuerte carácter marinero.
Muy apreciado por los daneses es también la Torre del Reloj, situado en la Radhusplasen o plaza del Ayuntamiento. Esta torre alberga el Reloj Universal, que proporciona un calendario para los próximos 570.000 años. Para admirar la Copenhague más vanguardista el viajero debe encaminarse al imponente Centro Nacional del Diseño Danés. Proyectado por Henning Larsens, en este edificio se desvelan las bases del célebre diseño de este país: sentido práctico, tecnología y estética.
Otro edificio que también es reflejo de las últimas tendencias en arquitectura es el Diamante Negro (Den Sorte Diamant), una ampliación de la Biblioteca Real y que tiene unos característicos ventanales abiertos al agua. Copenhague es, en definitiva, una ciudad en constante transformación que, lejos de modas pasajeras, ha adoptado el compromiso de materializar su ánimo visionario, tanto en la arquitectura, la decoración o en el cine; No hay que olvidar que el Instituto de Cine Danés es el epicentro mundial del movimiento dogma, con representantes tan ilustres como Lars von Trier.

La capital danesa se sitúa en la costa oeste del país, en la isla de Zealand, que está rodeada por el mar Báltico. Los dos millones de habitantes de Copenhague son un tercio de la población total de Dinamarca. Nuestro reportaje descubre la cara más renovada de la capital escandinava.

A tener en cuenta
Para viajar a Dinamarca sólo se requiere el documento nacional de identidad. La moneda oficial del país es la corona danesa; 1 euro equivale a 7,45 coronas.

Cuándo ir
Los meses de verano son la mejor época para visitar el país. La razón principal es el clima agradable, con una temperatura media de 23º C. Además, durante el verano, se produce el fenómeno natural del «sol de medianoche», durante el cual hay más horas de luz solar.

Cómo llegar
Desde Madrid y Barcelona varias compañías tienen vuelos directos a Copenhague. El aeropuerto de Kastrup está conectado por ferrocarril con la estación Central de la capital danesa; los trenes salen cada diez minutos y el trayecto dura doce minutos.
Otra opción para trasladarse al centro es en el autobús que parte de la terminal (www.ht.dk).

Cómo moverse
En el aeropuerto, en la estación de tren y en las oficinas de turismo se vende la tarjeta Copenhaguen Card, que permite utilizar el transporte local (tren, autobús y metro) durante varios días, incluido el trayecto al aeropuerto; además ofrece descuentos en espectáculos, museos y alquiler de vehículos.
La bicicleta es un medio de transporte muy común en Copenhague. Hay 125 puestos callejeros de alquiler. El paseo en barco por los canales y lagos como el Soterdams So es otra atracción de la ciudad. La mayoría parten del canal Nyhvan (www.visitcopenhagen.com).

Dónde dormir
La ciudad dispone de más de 15.000 camas, distribuidas en hoteles de diversa categoría. El sistema de bed and breafkfast es muy recomendable. Información y reservas en: www.bbdk.dk.

Visitas imprescindibles
Canal Nyhvan. Construido en 1671, este antiguo canal portuario está hoy repleto de cafés y terrazas.
Strøget. En esta avenida se concentran las tiendas de moda y diseño. Llega hasta la plaza del Ayuntamiento, presidida por la Torre del Reloj.
Rosenborg, Amalienborg y Christiansborg. Los tres palacios reales de la capital pueden visitarse, aunque el de Amalienborg sólo parcialmente, pues es la actual residencia de los monarcas daneses.
Sortedams Sø. Desde este lago, al norte de la ciudad, parte un paseo junto a edificios neoclásicos.
Gliptoteca Carlsberg. Centro de arte con una importante colección de esculturas del Antiguo Egipto, Grecia y Roma. También obras de Edgar Degas, Auguste Rodin y pintores impresionistas como Gauguin y Monet.
El Diamante Negro. Este edificio, recubierto de cristales ahumados y planos inclinados, forma parte de la Biblioteca Real.
Teatro de la Ópera. Inaugurada en 2005, es la última incorporación en Christianshavn. El edificio es obra del arquitecto danés Henning Larsens.

Plaza del Ayuntamiento, el centro urbano
Un excelente punto para iniciar la visita de Copenhague es la plaza del Ayuntamiento o Radhusplasen. Está rodeada de lugares de interés y además centraliza las paradas de autobús y la estación de tren. La plaza está presidida por la Torre del Reloj del Ayuntamiento, a la que se puede subir para avistar la ciudad antigua; está abierto de lunes a viernes. En un lateral de la plaza se halla la entrada al extenso parque de atracciones Tívoli (www.tivoli.dk). En el otro lado de la plaza nace la avenida peatonal Strøget, con tiendas de moda, bares y restaurantes.

Canal Nyhvan
En el otro extremo de la avenida Strøget se abre el canal Nyhvan, construido como zona portuaria en 1671 y rehabilitado hace una década. Está presidido por casas neoclásicas del siglo XVII, rehabilitadas y hoy ocupadas por bares, oficinas y hoteles.

La Biblioteca Real
Otro paseo junto a los canales se inicia al sur del Nyhvan, por la avenida Andersen. En esta zona se reúnen los edificios más innovadores construidos en los últimos años en Copenhague. Uno de los más destacados es la ampliación de la Biblioteca Real, que se conoce como el Diamante Negro por sus cristales oscuros (www.kb.dk). A través de los jardines de la biblioteca se accede a otro lugar de interés arquitectónico: el Museo Judío.

El Teatro de la Ópera
Por el puente de Knippelsbron se cruza el río Inderhavnen y se accede al barrio de Christiania, una antigua área de astilleros reconvertida en zona de ocio. Al norte de este distrito se erige el Teatro de la Ópera, un moderno bloque acristalado que fue inagurado en 2005. El Teatro de la Ópera se recorre con visitas guiadas (www.operaen.dk).
En la orilla opuesta se encuentra el palacio Amalienborg, una de las tres residencias reales de la capital, junto al castillo de Rosenborg y Christianborg; el palacio de Amalienborg sólo está abierto al público de forma parcial, pues todavía ejerce como residencia oficial de la familia real de Dinamarca.

Museos y centros de arte moderno
En la arboleda de Vesterbrogade, las casas neoclásicas contrastan con las láminas de madera del Centro del Diseño Danés (www.ddc.dk). Tanto el edificio como las obras que expone son ejemplos del último diseño. Abre cada día; la entrada es gratis los miércoles por la tarde. Otro centro museístico dedicado a las nuevas tendencias es la Galería Nacional Danesa (www.smk.dk), que expone obras de artistas locales; está abierto de martes a domingo. Merece la pena desplazarse a las afueras de Copenhague para visitar el Arken (www.arken.dk). Se halla a 20 km –se llega en tren en 25 minutos desde la estación Central–. Se tratade un museo imprescindible para conocer las últimas vanguardias del país, desde la fotografía a la escultura.
Aunque está dedicada al arte clásico, la Gliptoteca Calsberg (www.glyptotekt.dk) es una visita ineludible en Copenhague. Se sitúa en la plaza del Ayuntamiento y reúne esculturas desde el antiguo Egipto, Grecia y Roma. También acoge salas dedicadas a la Edad de Oro de la escultura danesa (siglo XIX) y a los maestros de la pintura impresionista europea.

Locales de moda
Copenhague está considerada una de las capitales europeas de la moda y el diseño, por lo que muchas marcas internacionales están presentes en la ciudad, en especial a lo largo de la Strøget. Junto a estas firmas, Copenhague ha sabido preservar y potenciar marcas nacionales, como las prestigiosas porcelanas de la Royal Copenhaguen, cuya tienda y fábrica se sitúan en la avenida Strøget; se organizan visitas comentadas para ver en directo cómo se realizan las porcelanas. En www.visitcopenhagen.com hay un completo listado de los comercios de Copenhague.

Gastronomía
Entre las capitales escandinavas, Copenhague sobresale por su oferta culinaria, pues cuenta con una decena de restaurantes distinguidos con una estrella Michelin. Además de degustar innovaciones gastronómicas, conviene probar el tradicional smorrebrod, un emparedado a base de lechuga, gambas, paté, arenque o salmón. Durante los últimos años han proliferado los restaurantes japoneses donde el plato estrella es el sushi, muy de moda en la ciudad. El Tívoli es un lugar tranquilo y romántico para cenar, mientras en el canal Nyhavn predomina la animación y la oferta nocturna, con bares de copas y locales de música jazz. Más información en el sitio: www.visitcopenhagen.com.

Más información
Embajada de Dinamarca: c/. Claudio Coello, 91. 28006 Madrid. Tel. 914 318 445.

China


El desarrollo reciente del turismo en China ha puesto al alcance de cualquiera un mundo hasta hace poco misterioso y lejano. Desde un hotel de Pekín, el turista puede ahora conocer en persona numerosos lugares legendarios, empezando por la célebre Ciudad Prohibida, la que fuera residencia de los emperadores chinos desde el siglo XV hasta principios del XX.

Cruzando la Puerta de la Armonía Suprema accederá a los pabellones del Palacio Imperial, deshabitados hace tiempo pero no por ello menos sugerentes. No es el único palacio que existe en Pekín: a poca distancia se encuentra Tiantan, el Templo del Cielo, un lugar de culto para los soberanos Ming, y al noroeste de la ciudad se halla el Palacio de Verano. Un pasado imperial que contrasta con la presencia del mausoleo de Mao en el centro de la plaza de Tiananmen, recientemente renovado.

No lejos de la capital se alza la Gran Muralla en una de sus secciones mejor conservadas, la de Badaling. Otros destinos de interés son Tai Shan, monte sagrado taoísta, o las cuevas budistas de Yungang. En Xian, finalmente, se encuentran los célebres Soldados de Terracota, que desde su descubrimiento en 1974 han cautivado la atención del público internacional.

Los principales enclaves imperiales que aparecen en el reportaje de este número están conectados por carretera, tren o avión con la capital del país, Pekín (Beijing). Desde nuestro país salen vuelos a Pekín con escala en una ciudad europea. Varios medios de transporte conectan el aeropuerto con el centro urbano, a 29 km: taxis –los oficiales llevan un distintivo rojo–, autobuses cada quince minutos y un tren de vía rápida.

A tener en cuenta
Para viajar a China se precisa el pasaporte y, además, un visado turístico que gestiona la Embajada de China en Madrid (www.embajadachina.es). La moneda oficial es el yuan chino; 1 euro equivale a 10 yuans. A pesar de su extensión, China tiene una única franja horaria; la diferencia con relación a España es de siete horas de adelanto.

Desplazamientos
Aunque las principales ciudades y aeropuertos tienen agencias de alquiler de coches, moverse por cuenta propia es complicado. El estado de las carreteras deja bastante que desear y las señales están escritas en alfabeto chino. La mejor opción es contratar excursiones organizadas o bien usar líneas regulares de tren y de autobuses, pues son fiables y cuentan con paradas fijas.

Principales visitas
Gran Muralla. Las secciones más accesibles son las de Badaling y Mutianyu, a 70 y 80 km de Pekín. Simatai y Jinshanling están mucho menos reconstruidas.
Ciudad Prohibida. En Pekín. También llamada Gugong, requiere cuatro horas de visita. Su entrada principal está en la plaza Tiananmen.
Templo del Cielo. Es el cenit de la arquitectura Ming. Destaca el Templo de las Plegarias para las Buenas Cosechas, que data de 1420.
Palacio de Verano. Ocupa una colina repleta de residencias y templos a 16 km del centro de Pekín. Residencia estival del emperador desde el siglo XI.
Chengdé. A 250 km de Pekín, acoge la villa de verano de los emperadores Qing. Contiene templos de distintosestilos.
Xian. Su Museo de Historia muestra una exposición sobre la Ruta de la Seda.
Soldados de terracota. El mausoleo del emperador Qin Shihuang se halla a 35 km de Xian. Conserva casi 8.000 esculturas a tamaño natural.
Cuevas de Longmen. Próximas a Luoyang, al este de Xian. Más de 2.000 cavidades con esculturas budistas.
Guilin. La ciudad no conserva monumentos antiguos pero sus alrededores están repletos de alicientes naturales.
Hangzhou. Antigua capital imperial, preserva el recinto palaciego del lago del Oeste, con bellos jardines y templos.

Visitas en Pekín
La capital china es una ciudad muy extensa, por lo que se requiere una buena planificación para visitarla. Es recomendable utilizar el transporte público, teniendo en cuenta que el metro es rápido, y el autobús está a menudo masificado. Otra forma de desplazarse es en rickshaws –carritos tirados por bicicletas–. Son algo caros, pero se alquilan con facilidad en muchos puntos.Visita obligada es la céntrica plaza Tiananmen. Presidida por el mausoleo de Mao, también acoge el Museo de la Revolución China y la entrada a la Ciudad Prohibida –también Palacio Imperial y Gugong–. El recinto abre de 8.30 h a 17 h y merece una jornada de visita. Se puede visitar por libre o con guías que se contratan a la entrada. Otras visitas de interés en Pekín: el Templo del Cielo, 2 km al sur de Tiananmen, abre de 8.30 h a 19 h; el Palacio de Verano, en Yiheyuan, a 16 km del centro y abierto de 8 a 19 h. Más información en el sitio: www.beijingscene.com.

Gran Muralla
Pekín es una excelente base para visitar la muralla china. Los tramos restaurados abiertos al público abren de 8 h a 16 h. Hay que pagar una entrada de acceso. Se puede visitar con excursiones contratadas o por libre, mucho más barato. Lo mejor es llegar temprano para evitar la afluencia de visitantes. Desde Pekín, se accede en coche, tren o autobús –el trayectos es de dos horas–, a las secciones de Badaling, 70 km al nordeste y Simatai, a 100 km. Menos masificada, aunque algo más alejada es la sección de Mutianyu, a 120 km de la capital.

Xian y alrededores
A esta ciudad al sur de Pekín se puede llegar en coche o en avión. La ciudad puede recorrerse en trolebús; el 101 sigue una ruta turística que pasa por el barrio musulmán, el Museo de la Ruta de la Seda y varias pagodas como la de la Oca. Xian suele servir como base para visitar el famoso ejército de Soldados de Terracota, 35 km al este. Las excursiones organizadas facilitan los traslados, pero realizan una visita rápida por lo que es mejor llegar por cuenta propia desde Xian en tren o con los autobuses 306 y 307, en una hora de viaje.

Guilin
La mejor propuesta en esta ciudad del sur de China, cuyo aeropuerto está 20 km al oeste, es realizar un crucero por el río Li, entre arrozales y campos de bambú. Los barcos salen desde los muelles de la colina de la Trompa de Elefante y realizan una excursión de seis horas hasta Yangshuo, a 85 km al sur. El regreso se realiza en autocar.

Cuevas de Datong
Al este de Pekín, a unas siete horas de viaje por carretera, se llega a Datong (provincia de Shanxi). Cerca de esta población se hallan las famosas grutas-templo de Yungang, decoradas en el siglo V con más de 15.000 budas. A escasos 16 km de Datong, se encuentran otras cuevas budistas destacadas, las grutas de Luoyang.

Montaña Tai Shan
A 80 km de Jinan, al sudeste de Pekín, se alza la cumbre sagrada de Tai Shan (1.545 m). Hasta allí acuden peregrinos, pero también excursionistas que desean ascender por sus senderos. Desde Jinan varias líneas de autocares dejan en una zona de aparcamiento, donde se pueden contratar los servicios de porteadores. Desde aquí también sale un teleférico para los que prefieren ahorrarse la caminata. La ascensión puede realizarse en un solo día, pero require una jornada agotadora de 8 horas. Lo mejor es pernoctar en los hoteles y refugios, que disfrutan de bellas vistas. Hay dos posibles rutas: la Central y la Oeste. La primera es la más frecuentada. La ropa de abrigo es obligatoria para subir a la cumbre.

Más información
Oficina de Turismo de China: Plaza de España, 18, Torre de Madrid. 28008 Madrid. Tel. 915 480 011. Embajada de China en España: calle Arturo Soria, 113, 28043 Madrid; Tel. 915 194 242.

Cataratas Victoria y parques nacionales del norte de Zimbabue


A su llegada a las cataratas Victoria, el majestuoso río Zambeze protagoniza el espectáculo más sobrecogedor del sur de África: provocando un gran estruendo audible en la distancia, se desploma a lo largo de 1.700 metros en una sima de más de 100 metros de profundidad. El médico y misionero británico David Livingstone las descubrió al mundo occidental en 1855, mientras exploraba la cuenca del Zambeze. El viaje que remonta el curso del río por la orilla derecha -la izquierda pertenece a Zambia- hasta el lago Kariba, encadena una serie formidable de parques nacionales colmados de vida animal: Hwange, Chizarira, Matusadona y los humedales de Mana Pools.

El Parque Nacional Hwange, que ocupa 14.000 kilómetros cuadrados, es el más apreciado de Zimbabue por su abundante y variada fauna. En los safaris por esta reserva son sobre todo visibles los cinco grandes mamíferos: león, elefante, búfalo, rinoceronte y leopardo. El siguiente parque nacional, el de Chizarira, de 2.000 kilómetros cuadrados, es el más desconocido de Zimbabue. Destaca la silueta del monte Tandezi, de 1.500 metros de altitud, cuyas laderas descienden escalonadamente hasta las riberas del lago Kariba, formado en 1960 al represar la corriente del Zambeze para crear una de las mayores centrales eléctricas de África. Al Parque Nacional Mana Pools, Patrimonio de la Humanidad desde 1982, se accede por aire, tierra o navegando por las aguas del Zambeze, que concentran en este punto una gran cantidad de fauna, especialmente cocodrilos, hipopótamos y hasta 350 especies de aves rapaces y acuáticas.

En el norte de Zimbabue, el río Zambeza crea uno de los mayores espectáculos naturales de África, las cataratas Victoria, Patrimonio de la Humanidad desde 1989. Su visita es el inicio de un viaje que remonta el río para realizar safaris en varios parques nacionales.

A tener en cuenta
Para entrar en el país es necesario el pasaporte en regla y un visado turístico que se puede obtener en el aeropuerto de llegada. La mejor época para visitar Zimbabue es de mayo a octubre, meses que coinciden con la estación seca, temperaturas más suaves y mejores accesos que durante la estación de lluvias. No existe ninguna vacuna obligatoria, aunque se recomienda la de la fiebre amarilla y seguir un tratamiento antipaludismo. La moneda local es el dólar de Zimbabwe: 1 euro equivale a 45. La diferencia horaria con la Península es de una hora más. El idioma oficial es el inglés, pero la lengua más hablada es el shona, que es la etnia mayoritaria del país (71%).

Llegar y desplazarse
No hay vuelos directos desde España al aeropuerto de Victoria, situado a 18 km de las cataratas. Lo habitual es volar con compañías internacionales, que viajan hasta Harare, capital de Zimbabue, u otro país de la zona, donde se conecta con vuelos directos a Victoria.
Ya en Zimbabue, la forma más eficaz de cubrir las distancias largas es con vuelos domésticos de compañías como Air Zimbabwe (www. airzimbabwe.com). Si se prefiere viajar por tierra, se alquilan todoterrenos en aeropuertos y hoteles; se recomienda contratar a un conductor y un guía. En Zimbabue se conduce por la izquierda.

Alojamiento
En los alrededores de las cataratas Victoria se concentra la mayor oferta hotelera del país. Desde hoteles de categoría media a casas particulares que alquilan habitaciones. El emblemático y lujoso Hotel Victoria Falls, con más de 100 años de antigüedad, merece una visita (www.victoriafallshotel.com). Los parques nacionales ofrecen el alojamiento más genuino, desde bungalós de inspiración africana, a lujosos campamentos. Consultar: www.zimbabwetourism.co.zw.

Cataratas Victoria
Son las cascadas más grandes del mundo, con 1.700 m de longitud y más de 100 m de caída. Su visita ofrece muchas posibilidades. La más habitual es contemplarlas desde el sendero con miradores que se sitúa justo enfrente; hay que pagar una entrada para acceder. Antes del salto de agua, en la zona alta del río Zambeze, se pueden realizar paseos en canoa y cruceros al atardecer. Los más osados pueden descender haciendo rafting por los rápidos que forma el río o atreverse con el puenting. Sea cual sea el espíritu del viajero, es aconsejable sobrevolar las cataratas en helicóptero –los vuelos duran 15 minutos– para captar el espectáculo natural en toda su dimensión. También es recomendable apuntarse a una excursión nocturna –mejor si hay luna llena– para contemplar el arco iris de luna. Más información: www.zambezi.com y www.kobo-safaris.com.

Parque Nacional Hwange
Unos 120 km al sur de las cataratas Victoria –que pueden cubrirse por carretera en unas dos horas y media o en avión en media hora–, se sitúa este parque, el mayor del país y el más atractivo por su riqueza en fauna africana. Cebras, jirafas, búfalos, antílopes, rinocerontes, leopardos y leones son algunos de los animales que pueden verse, aunque Hwange destaca por reunir la mayor concentración del continente en elefantes, unos 30.000. El parque tiene 480 km de caminos aptos para realizar safaris en todoterreno y miradores para contemplar a los animales cuando se acercan para beber en las charcas.

Parque Nacional Chizarira
Al norte de Hwange y bajo la cumbre omnipresente del monte Tandezi (1.500 m), punto de referencia de las caminatas por el parque, se extiende Chizarira, la reserva natural menos explotada del país –no suele incluirse en las rutas turísticas–, aunque ofrece las panorámicas más impresionantes. Está llena de fallas como la que forma el Zambeze, cañones fluviales y praderas con acacias. Posee tres áreas diferenciadas: el norte o Tierras Altas, donde la protagonista es la vegetación; el este, hábitat del rinoceronte negro –especie en peligro de extinción–; y el sur, donde es fácil ver elefantes, leones y leopardos.

Lago Kariba
A 200 km de Victoria, el río Zambeze se ensancha al llegar al lago Kariba, construido entre 1955 y 1959. En el embalse, de 300 km de longitud, viven cocodrilos, hipopótamos, rinocerontes y una rica vegetación submarina. Rodeado de montañas, de sus aguas emergen los singulares árboles secos del Bosque Petrificado y un centenar de islas. La principal población del lago también se llama Kariba y desde ella se realizan actividades como paseos en canoa y pesca.

Matusadona y Mana Pools
Al sudeste del lago Kariba se halla el parque de Matusadona, donde se proponen safaris guiados a pie, cruceros por el Bosque Petrificado, rutas ornitológicas para ver 240 tipos de aves y pesca del pez tigre.
Mana Pools es la reserva más al norte de Zimbabue, Patrimonio de la Humanidad desde 1984, en especial por la fauna de sus humedales. Es uno de los pocos parques donde se permiten los recorridos sin guía.

Gastronomía y artesanía
Además del sadza, un plato a base de maíz que siempre acompaña las comidas, los guisos con carnes de pollo, cabra, cocodrilo o jirafa son habituales. También destaca el pescado de agua dulce. La bebida nacional es el chibuku, una cerveza de palma. Además del mercado de artesanía de Victoria, hay puestos ambulantes junto a las carreteras que venden tallas de madera, de piedra y joyas de bronce.

Más información
Embajada de Zimbabue en París: Tel. 33 1 5688 1600.

Castillos del Loira


Siguiendo el curso del río Loira aparecen una sucesión de castillos que trasladan al viajero a uno de los períodos más brillantes de la historia de Francia: el Renacimiento. Entre las ciudades de Nantes, Angers y Tours, en medio de la armonía de la campiña francesa, van surgiendo las construcciones palaciegas, cada una con una historia propia, a menudo ligada a episodios y personajes destacados de la antigua monarquía francesa. Unos fueron castillos particulares, de nobles o grandes hacendados, como los de Ussé o Villandry; otros, palacios reales, como el de Blois, maravilla arquitectónica que además posee una soberbia pinacoteca.

El Valle del Loira se extiende por el noroeste de Francia, repartido entre las regiones de Pays de la Loire y Centre. El Loira es el río francés más largo, con 1.012 km de longitud, 280 km de los cuales fueron declarados Patrimonio de la Humanidad, por su belleza paisajística y por le interés de sus palacios y castillos, la mayoría de los siglos XV y XVI.

Cómo llegar
Las principales ciudades de esta ruta por el Valle del Loira son Orléans (a 133 km de París), Blois (a 185 km), Amboise (a 227 km) y Tours (a 239 km), todas muy bien comunicadas por carreteras. Varias compañías aéreas vuelan a diario desde nuestro país hasta París. Desde los aeropuertos de Orly y Charles de Gaulle, se enlaza por tren y autobús hasta las estaciones parisinas de Montparnasse –de donde parten trenes hacia Tours– y la de Austerlitz –hacia Orléans y Blois–; www.sncf.com. A París también se puede llegar en tren. Desde Madrid, Renfe dispone del trenhotel Francisco de Goya (con parada en Blois), y del Joan Miró (con parada en Orléans) desde Barcelona. www.elipsos.com.

El Loira en bicicleta
La bicicleta es el medio más agradable de recorrer el valle del Loira, gracias a su suave relieve. Entre Tours y Angers existe un circuito de 120 km de pistas y carreteras tranquilas que pasan junto al río y llegan hasta los castillos. Las oficinas de turismo de la zona disponen del folleto El Loira en bicicleta, donde se reseñan los itinerarios y se informa de los alojamientos especializados en cicloturismo –Vélotel, Vélogîtes y Vélocamp–, que disponen de espacios para guardar, alquiler y reparar bicicletas. www.loire-a-velo.fr.

Turismo fluvial
El Loira y sus afluentes, el Cher y el Indre, hace décadas que dejaron de usarse como vías de transporte. Hoy, son un sosegado escenario para la práctica del turismo fluvial. En las ciudades situadas a orillas del Loira, se pueden alquilar penichettes, embarcaciones que navegan a poca velocidad. La travesía permite realizar tantas paradas como se deseen. Cuando se alquilan se imparte una clase gratuita que explica su manejo. www.bateaux-touristiques.com.

Visitar los castillos
El centenar de castillos que se puede visitar en el Valle del Loira son el reflejo del esplendor que vivió la región entre los siglos XV y XVIII. Muchos se recorren por libre y otros organizan visitas guiadas, en ocasiones junto a actores que narran sus leyendas y entresijos. El horario de visita es de 9 h a 17 h en invierno y hasta 19 h en verano. En julio y agosto, los castillos de Chambord, Blois, Chenonceau o Amboise realizan espectáculos nocturnos de luz y sonido en sus jardines; www.chateaux-france.com. Por otro lado, hay castillos acondicionados como alojamiento; en las oficinas de turismo tienen la guía Bienvenue au Château, con 128 castillos y mansiones; www.bienvenue-au-chateau.com. En las principales ciudades hay empresas que organizan rutas
a los castillos, con actividades como paseos en globo o kayak por el río; www.aerocom.fr.

Las principales visitas
Angers. El cultivo de flores y el comercio del vino tienen un papel destacado en la economía de esta ciudad. Su castillo conserva una muralla de 17 torreones medievales.
castillo de Saumur. De silueta típicamente medieval, fue construido en el siglo XIV como villa de recreo. Hoy alberga dos museos: de artes decorativas y de equitación.
Castillo de Ussé. Sus torres y bosques inspiraron el famoso cuento La bella durmiente, de Chales Perrault.
Villandry. Este castillo es famoso sobre todo por sus jardines, recuperados a principios del siglo XX. Los huertos de hortalizas siguen un diseño muy estilizado.
Chenonceau. Es uno de los castillos más vistosos del Valle del Loira. En él, Catalina de Médicis y Diana de Poitiers se disputaron la preferencia del rey EnriqueII.
Blois. La ciudad conserva su entramado de calles medievales, con vistas sobre el Loira. En el castillo, cuyo origen se remonta al siglo XIII, destaca la magnífica fachada renacentista.
Chaumont-sur-Loire. Es un castillo gótico, con torreones, foso y puente levadizo. Los establos son belle époque.
Chambord. Francisco I mandó construir este castillo espectacular, rodeado por
un bosque frondoso.
Orleans. La Casa de Juana de Arco y la catedral evocan la vida épica y trágica de la doncella (pucelle) de Orleans.

Ciudades del oeste
La ciudad de Angers tiene una fortaleza medieval con torres que ofrecen vistas de la ciudad. En el interior del castillo destaca una colección de tapices. En el casco antiguo, merece la pena detenerse en el Museo de Bellas Artes y en la catedral de Saint Maurice para admirar sus vidrieras. La ciudad es famosa por sus vinos y bodegas. La oficina de turismo vende el abono Angers City Pass, que facilita el acceso a lugares turísticos; www.angers-tourisme.com. Unos 80 km al este de Angers, se encuentra Saumur. Preside la localidad un castillo del siglo XV, al que se llega a pie a través del casco antiguo; alberga el Museo de Artes Decorativas y el del Caballo. Desde el torreón de Guet se obtienen amplias vistas.

Tours y Amboise, en el corazón del Loira

Tours es un núcleo de transportes en la región. La ciudad ha crecido, pero su casco antiguo es fácil de visitar por su trazado racional. Sobresalen la catedral de Saint Gatien, el Museo de Bellas Artes y el de las Cofradías, ambos en el claustro de la abadía de Saint Julien; www.ligeris.com. Poco kilómetros al este de Tours, se halla Amboise, con sus tejados de pizarra, mercadillos y un castillo al que se accede por la misma rampa que utilizaban antiguamente los caballos; en el castillo hay que recorrer los jardines y visitar la capilla de Saint Hubert. En la ciudad baja, destaca la casarenacentista y museo de Clos Lucé, donde vivió Leonardo da Vinci. www.amboise -valdeloire.com.

Blois y Orléans, lo mejor del este
Blois conserva mansiones con fachadas blancas, tejados de pizarra y chimeneas rojas. En la visita hay que incluir la iglesia de Saint Nicolas, del siglo XIII, la catedral de Saint Louis y, en las afueras, el castillo. De la visita a la fortaleza, sobresale la sala gótica del Consejo y el Museo de Bellas Artes; www.ville-blois.fr. Orléans es el final de la ruta por el este. La oficina de turismo se halla frente a la estación de tren. La joya de Orléans es la catedral de la Sainte Croix, donde destacan las vidrieras y la capilla dedicada a Juana de Arco. Sobre este personaje hay dedicado un museo en la plaza del General De Gaulle; www.ville-orleans.fr.


Más información
Maison de la France en España, Tel. 807 117 181.

CASTILLOS DE BAVIERA


Fastuosos palacios encaramados en los riscos, amplios y armoniosos valles cuajados de pueblecitos y abruptas montañas jalonan esta fascinante región saturada de encanto, opulencia y romanticismo.

Si alguien narrara honradamente el paisaje de la Alta Baviera, esa franja risueña que se extiende desde el sur de Munich hasta los Alpes, daría la impresión de estar contando un cuento. «Érase una vez un país cuyas montañas trepan a las nubes...» La nieve de las cimas forma arroyos y cascadas por las gargantas, y al llegar a la llanura se transforma en miles de lagos de todos los tamaños y colores.

Los pueblos parecen de juguete, con tapias cubiertas de pinturas y balcones rebosantes de flores; pero son casas confortables donde viven gentes que parecen muy felices. Como en los cuentos.
Los bávaros son campesinos en su mayoría, y los que no, viven como tales. Les gusta ponerse el traje tradicional a la menor ocasión; sobre todo en las fiestas, casi siempre religiosas.

No dicen hola o buenos días, sino Grüss’ Gott, el piadoso saludo que comparten con los austriacos. Los llaman los «latinos» de Alemania, y es cierto que el colorido, las iglesias forradas de riquezas, las procesiones por los prados, recuerdan el cálido ambiente de un sur cuya frontera la trazó la Contrarreforma más que la geografía.

Sin perder la sustancia conservadora, los habitantes de la Alta Baviera han cambiado por imperativos del desarrollo. Aún se ven vacas, pero esto parece más un polideportivo al aire libre que otra cosa. Los caballos se usan sobre todo para hacer excursiones o tirar de viejas calesas. Es difícil dar veinte zancadas sin cruzarte con una reata de ciclistas o una pareja de senderistas; no son pandas de colegio, no, sino sexagenarios en calzón corto. La chavalería se dedica a cosas más audaces, como lanzarse a tumba abierta por un torrente criminal, o volar con alas de tela.

País de cuento de hadas, ya se ha dicho. Por el paisaje, los pueblos de juguete y los campesinos trajeados a la antigua, pero también por sus castillos de leyenda. Sobre todo los que construyó el llamado «rey loco» a finales del siglo xix. Luis II de Baviera soñaba con hacer de éste un lugar donde el arte y la música transfigurasen la vulgaridad de lo cotidiano. Por eso escapaba a la pureza de sus queridas montañas, donde levantó fantasías de piedra.

Una réplica de Versalles
El lago Chiemsee tiene dos islas, una grande y otra pequeña, llamadas respectivamente Herreninsel –isla de los señores– y Fraueninsel –de las damas–. La grande se la reservó el rey para sí. Allí hizo levantar una réplica del palacio de Versalles, con sus fuentes, parterres y jardines. El salón de los Espejos tiene medidas algo mayores que el de Versalles; pero ciertas estancias, como el dormitorio de gala, superan de largo el modelo francés. Las costosas obras nunca se acabaron. En realidad, en la isla existía ya un castillo, el Altes Schloss, que se mantiene pegado a la copia versallesca.

A la Herreninsel sólo se puede ir en un pequeño transbordador. La Fraueninseln, en cambio, está habitada: hay viviendas de pescadores, casas de huéspedes, algunos hoteles. Y un monasterio benedictino que se remonta al siglo viii. Las monjas, además de rezar, elaboran un licor muy solicitado, dulces de mazapán y otras fruslerías. La Fraueninseln se puede recorrer a pie en un cuarto de hora, pero nadie viene aquí con el cronómetro en la mano.
Del Chiemsee hacia poniente, según vamos al encuentro de los montes Ammergebirge, atravesamos Bad Tölz, la «capital» de la alta Baviera.

Como indica su nombre –bad significa baño–, es localidad balnearia donde se hace de todo con el agua: beberla, inhalarla, nadar, tomar saunas... Los espíritus de secano pueden optar por el Markt o plaza Mayor, con edificios burgueses, o por el monasterio barroco de Benediktbeuren, kilómetros más adelante.

El horizonte de montañas crece como un suflé, se aproxima, y al llegar a Garmisch-Partenkirchen queda al alcance de la mano. Garmisch, no muy grande, pero con una agitación desproporcionada, es una meca para los amantes de la nieve. Aquí se celebraron los Juegos Olímpicos de invierno de 1936, en un estadio hitleriano con estatuas de un realismo tallado a hachazos. Todavía se utiliza.

A un paso del centro urbano están las gargantas de Partnach, el escurridero por el que desagua un glaciar de la Zugspitze. En 1905 se abrió este angosto desfiladero al turismo, para lo cual hubo que cavar túneles en la roca. El agua ruge con fiereza y produce un polvillo que cala los huesos, por más que a la entrada alquilen un plástico protector.

A la Zugspitze –la montaña más alta de Alemania– se puede subir en tren cremallera o en teleférico. Arriba se practica un esquí sin fronteras: puede que, tras una voltereta, acabes despatarrado en el Tirol. A Luis II le fascinaba tanto esta montaña, que se hizo construir un pabellón de caza no lejos de aquí, cerca de Elmau. Algunos lo llaman «el palacio persa» por su gusto orientalista. Lo cierto es que el servicio vestía a la turca, y siempre tenía dispuestas pipas de agua; el rey no lo usó mucho, la verdad. Oberammergau, más adelante, es un pueblo precioso, con sus fachadas pintadas de perifollos barrocos.

Muy cerca, en un enorme parque, se esconde el castillo de Linderhof, una joya de estilo rococó arropada por estanques, fuentes y jardines escalonados, el único que Luis II terminó por completo. En un flanco del jardín construyó una gruta artificial que «reproduce» la Gruta Azul de Capri; en realidad, es un decorado real para el Parsifal wagneriano. Un pequeño escenario se abre a un lago sobre el que flota una góndola dorada en forma de cisne.

El refugio de Luis II
Al final de su vida, Luis II olvidaba los enredos cortesanos, se recluía aquí largas temporadas y hacía que una orquesta interpretara hasta el agotamiento la música de Wagner, que él escuchaba embelesado sobre la góndola. Visconti, en su película Ludwig, se permitió ir muy lejos al retratar el mórbido ambiente que envolvía al soberano, cuando organizaba en esta cueva francachelas con lacayos y muchachos campesinos.

También entre florestas, muy cerca, está Kloster Ettal, monasterio benedictino célebre por su cúpula en forma de panza de abad, por el canto gregoriano de los monjes y por un convincente licor conventual. Más adelante, sugiero un desvío a una iglesia en medio de los prados que llaman precisamente Wieskirche –iglesia del prado–, un delirio rococó de dorados y ángeles mofletudos. El abad Marianus, que puso la primera piedra, grabó en uno de los vitrales: «Aquí se encuentra la felicidad, aquí el corazón halla la paz». Difícil sería llevarle la contraria.

Hemos penetrado en Ostallgäu, una comarca repleta de joyas recónditas y anónimas. Quien no esté interesado por los arcanos artísticos, puede disfrutar con el Forgensee y el racimo de lagos menores que lo escoltan. O subir al Tegelberg, acosado por más senderistas que hormigas. Füssen, una cercana población vigilada por su castillo episcopal, tiene bastante animación, tiendas y tabernas simpáticas. Pero el verdadero imán irresistible está en Schwangau, el pueblo de los castillos reales.

En Schwangau de Arriba –así habría que traducir Hohenschwangau–, sobre una colina asomada al azogue líquido del Schwansee, se alza el perfil cremoso de un castillo que hizo construir el padre de Luis II. Éste pasó gratos momentos en aquel «paraíso en la tierra que ha forjado mis ideales y me ha hecho feliz», como escribió a su admirado Richard Wagner. La amistad con el músico estaba predestinada: el interior del castillo está decorado con frescos que reproducen, cual cromos infantiles, la saga germánica de Lohengrin.

Cuatro años después de acceder al trono, Luis levantó, casi a tiro de ballesta de la residencia familiar, la más querida de sus fantasías, Neuschwanstein, el castillo de Lohengrin hecho realidad. Su mágico perfil, con las torres y los chapiteles empinados sobre un peñasco, rodeado de bosques, lagos y montañas de postal, fue copiado por Walt Disney para La bella durmiente. La idea de estar pisando un decorado de película sólo se desvanece cuando compruebas la detallista solidez con que están labrados los capiteles de piedra, engastados los mosaicos, extendidos los frescos que, esta vez, narran la saga del Lohengrin wagneriano como un espejo reflejando otro espejo.

El castillo encarna como ningún otro el ucrónico medievalismo del monarca, esa pompa de sueños en la que pretendió zafarse de la realidad. No siempre fue así. Al principio se tomó muy a pecho su papel: mandó edificar colegios e institutos, fundó escuelas superiores y academias. Pero vino el desencuentro con la camarilla palaciega. Luis llegó a odiar la corte de Munich, desatendía los asuntos de estado y escapaba a sus palacios, cuyos gastos alarmaban a los ministros. Éstos consiguieron un dictamen médico que certificaba la locura del rey. Los doctores ni siquiera lo examinaron; era evidente que sobre los supuestos trastornos mentales o las rarezas sentimentales planeaba un gran malestar por la negativa de Luis a integrarse en la Gran Alemania de Bismarck.
En la madrugada del 10 de junio de 1886, nobles, ministros, médicos y enfermeras llegaron al castillo de Neuschwanstein. No prendieron al rey, pero lo hicieron una noche después.

Fue llevado al amanecer al castillo de Berg, junto al lago Starnberg. Al día siguiente se permitió que saliera a dar un paseo acompañado de su médico. No regresaron: sus cuerpos aparecieron flotando entre la maleza, en el lugar donde ahora se levanta una cruz de hierro.
Un cuento con final poco feliz, pero sólo en lo que atañe al rey protagonista. Lo cierto es que sus castillos están ahí, y el pueblo ama la memoria del monarca soñador. Contables y burócratas hubieran debido anotar en sus cuadernos el caudal de visitantes que anega estos castillos de locura, su contribución para hacer de la Alta Baviera un país hermoso y concurrido, lleno de animación y de vida.

Capadocia


Son paisajes lunares, tal vez chimeneas sacadas de los cuentos de hadas… nada terrenal puede compararse ante estos castillos horadados en las rocas. Esta maravilla –producto de la fuerza de la naturaleza y el hombre- puede visitarse en el corazón de Turquía: recibe el nombre de Capadocia. Llegando a través de Estambul o Ankara, Kayseri es su puerta de entrada.


Desde allí se accede a Nevsehir, que además de ser capital de provincia resulta una muy buena base desde la cual realizar excursiones cercanas. La mayoría consiste en las conocidas “fortalezas trogloditas”, famosos termiteros labrados como viviendas aisladas o pueblos principalmente habitados y labrados por ascetas cristianos durante los siglos IV, aunque con más asiduidad durante los siglos VIII y XIV. Uçhisar, Ortahisar y Sonhisar son testimonios de estas comunidades. Destaca Göreme, declarado Patrimonio de la Humanidad en 1985. En esta población se conservan óptimamente los frescos de las iglesias; las más visitadas son la Combada y la Oscura.


La mejor manera de visitar la zona es contratando un guía o una excursión organizada en Nevsehir, ya que las capillas de la región están dispersas en unos 300 kilómetros cuadrados.
Sin embargo no todo lo que se edificaba era aquello visible: las construcciones bajo tierra servían a los píos de la joven Iglesia a partir del s.VII como refugio para protegerse de las “razzias” -invasiones de las tribus árabes-. Estas ciudades subterráneas llegaron a ser cerca de unas cuarenta. A treinta kilómetros al sur de Nevsehir, Derinkuyu es uno de sus máximos exponentes: cien metros bajo tierra, 1.200 habitáculos y un total de trece niveles.


Varios pasillos comunicaban este lugar con Kaimalaki, otra ciudad de características parecidas. Parece imposible imaginar hasta 6.000 personas en su interior, pero así era. Todo estaba planificado: muchas de las infraestructuras pensadas en el exterior se incluían dentro de estas titánicas construcciones (almacenes, talleres, prensadores de uva, etc.).


Otra faceta de Capadocia es aquella fértil y verde: sus valles. Cerca de 30, como Zelve, Parabaglari o Soganli. En ellos no faltan las construcciones excavadas en la piedra y las curiosas "chimeneas de hadas", que podrán admirarse con estupefacción en el valle que recibe el mismo nombre. Luego uno puede reposar y tomar un té en el cafetín que se alberga en la parte inferior de muchas de ellas para así recordar que, efectivamente, no se está soñando.

En el centro de Turquía se halla la región de Capadocia, a 258 km de Ankara, la capital del país, y a 677 km de Estambul. El paisaje de Capadocia es una maravilla geológica, que surgió hace 30 millones de años tras la erupción del volcán Erciyes. El resultado es un territorio áspero, cubierto de pináculos de lava y cerros con oquedades, que el hombre ha ido ocupando a lo largo de los siglos.

A tener en cuenta
Para viajar a Turquía se precisa el pasaporte y un visado turístico que se gestiona en la Embajada turca en Madrid (c/Rafael Calvo, nº 18; Tel. 913 198 064) o en el aeropuerto de llegada al país. La mejor época para visitar Capadocia es la primavera, cuando la temperatura es más suave y la afluencia de visitantes menor. En verano, los meses de julio y agosto son los más calurosos, por lo que conviene tomar precauciones durante las visitas como beber abundante agua y usar protección solar. El huso horario en Turquía es de una hora más que en España. La moneda es la nueva lira turca, aunque el dólar y el euro se aceptan en zonas turísticas. El euro equivale a 1,8 lira turca.

Cómo llegar
Desde Madrid y Barcelona salen vuelos regulares a Turquía. Se puede llegar a Estambul, donde lo más recomendable es seguir el viaje en un vuelo interno hasta Kayseri, el principal aeropuerto de Capadocia. Desde España también se vuela a Ankara, donde se puede continuar a Kayseri en avión o por carretera, alquilando un coche o en autobús de línea. Hay un tren que enlaza Ankara con Kayseri. Información sobre transportes: www.varan.com.tr.

Moverse por la región
El aeropuerto de Kayseri dispone de un servicio de autobús que lo une con el centro de esta ciudad, situada a 90 km. Kayseri es una base excelente para explorar Capadocia y cuenta, además con muchas agencias que organizan excursiones a pie, en todoterreno, e incluso a caballo, en camello o en globo; las salidas incluyen los traslados y entradas a las visitas. Los que prefieran viajar por su cuenta pueden desplazarse por Capadocia con líneas de autobús o en dolmus (minibuses), que unen los destinos más turísticos.

Dónde dormir
En verano es obligado reservar el alojamiento con antelación, mientras en otoño y en invierno hay que tener en cuenta que cierran muchos hoteles. Las ciudades de Kayseri, Nevsehir y Ürgüp agrupan la mayor oferta. En los valles también se puede dormir en cámpings, pensiones y algunos hoteles modestos, pero singulares, instalados en cuevas. La web www.hotelcappadocia.com tiene más información.

Principales visitas:
Nevsehir. La capital provincial es una buena base para conocer Capadocia pues
su oferta hotelera es diversa. Varios autobuses enlazan la ciudad con los enclaves más importantes de la región. Merece la pena visitar su museo arqueológico, así
como el palacio y la mezquita de la época selyúcida.
Göreme. Preside un valle donde se reúnen las iglesias rupestres más singulares de la región. La mayoría fueron labradas en las rocas entre los siglos IX y XIII y están decoradas con frescos. Para entrar en el valle se paga una entrada. La visita a las iglesias se realiza a pie con comodidad.
Üçhisar. Situada una decena de kilómetros al este de Nevsehir. Desde lejos se distingue su cerro perforado por ventanas y pasadizos.
Úrgüp. En los valles que rodean esta ciudad al este de Nevsehir, se pueden ver las formaciones de piedra más llamativas, famosas por tener forma de chimenea. La población tiene un museo sobre su pasado. La excursión de un día al valle de Soganli,
al sur de Ürgüp, permite ver iglesias en muy buen estado.
Zelve. A 10 km de Nevsehir, el pueblo preside otro valle de monasterios rupestres, éstos construidos a distintos niveles y con escaleras en las rocas. Se cobra entrada para la visita. A unos cinco kilómetros en dirección a Ürgüp se hallael valle de las Chimeneas de las Hadas, que reúne conos volcánicos coronados por una piedra lisa y más oscura.
Derinkuyu. Al sur de Göreme, es la ciudad subterránea mejor preparada para acoger visitas. Uno de los túneles lleva a la ciudad de Kaimakli. Su nombre significa pozo profundo, muy descriptivo pues la ciudad está compuesta por ocho niveles o plantas.
Kayseri. A 296 km de Ankara y 786 km de Estambul, vivió una época de esplendor con el imperio Selyúcida (s. XI-XIII). De entonces datan sus principales monumentos. Una opción muy atractiva para llegar a la ciudad es a bordo del tren que parte de la capital turca, Ankara.

La visita de Kayseri
La que fuera capital del imperio selyúcida entre los siglos XI y XIII es hoy la puerta de entrada a Capadocia. La ciudad conserva vestigios de aquella época de esplendor como la Ciudadela, alrededor de la cual hay bazares con puestos alfombras. También destaca el palacio Hunat Atún, donde se puede pasear por una mezquita, un mausoleo, una madraza (escuela coránica) y un hammam; los dos recintos abren a diario de 8.30 h a 17 h y para entrar hay que pagar entrada.
Un valor añadido a Kayseri es su cercanía al volcán Erciyes, situado 26 km al suroeste. En los últimos años, se ha convertido en un escenario natural donde disfrutar de rutas de senderismo de mayo a octubre y de esquí el resto del año; www.kayseri.gov.tr

La visita de Nevsehir
Se halla a 79 km de Kayseri y es el corazón de Capadocia. Ambas están conectadas por buenas carreteras y servicio de autobús. En la ciudad vale la pena visitar el palacio Real, la mezquita y el Museo de Arqueología. Nevsehir posee infraestructura turística que facilita realizar excursiones por las aldeas cercanas. Algunas de éstas destacan por ocupar cuevas perforadas en los cerros, que los antiguos pobladores usaban como habitáculos. Para conocer cómo eran estas aldeas vale la pena visitar poblados como losdeUchisar, Ortahisar y Sonhisar; www.nevsehir.gov.tr.

Visitar las iglesias de Göreme
Desde Nevsehir se puede viajar en autobús hasta Göreme, a 12 km. Junto a la población se halla el conjunto de iglesias rupestres más famosas de Capadocia. Se reúnen en el Museo al Aire Libre de Göreme, un valle que se visita por senderos marcados; el museo abre de 8.30 h hasta las 17 h y en la taquilla de acceso, además de vender la entrada, informan de las posibles rutas que pueden seguirse. La mayoría de templos de Göreme fueron excavados entre los siglos IX y XIII y muchos conservan frescos bizantinos que por si solos justificarían el viaje; sobresalen los que se conservan en las iglesias Oscura y Combada –para visitarlas hay que pagar un suplemento–. El valle de Göreme es Patrimonio de la Humanidad desde 1985; www.unesco.org

La visita de Derinkuyu
En el valle que rodea esta ciudad del sur de Capadocia, situada a 30 km de Göreme (y conectada por autobús), se halla el principal ejemplo de ciudad subterránea de Capadocia. Cuenta con más de mil habitáculos excavados con varios niveles a cien metros bajo tierra. El valle se puede recorrer a diario desde las 8.30 h hasta las 17 h; hay que pagar entrada. En 1964 se descubrió un túnel que unía esta ciudad con la vecina de Kaimakly; tiene ocho niveles de los que se pueden visitar cinco; www.cappadociaonline.com

Visitar el valle de Ürgüp
A 44 km de Göreme está Ürgüp, también conectada por buenas carreteras y líneas de autocares. La población tiene un centro muy animado, con muchas tiendas y bazares. No se debe abandonar Ürgüp sin catar sus afamados vinos blancos, en alguna de sus vinaterías, donde acostumbran a ofrecer visitas por sus bodegas. Las agencias de viaje de Ürgüp organizan excursiones para ver las famosas formaciones de piedras con formas de chimenea y también iglesias excavadas en la roca; destacan las del valle de Soganli,a 40 km, donde hay 150 iglesias. Se recomienda llevar linterna para visitar los interiores.

Visitar los monasterios de Zelve
Otra excursión recomendable desde Nevsehir es al pueblo de Zelve, donde se pueden ver sus famosos monasterios rupestres, excavados en la roca y con varios pisos, a los que se accede por escaleras labradas en los cerros. Está situado a 10 km y también unido por líneas de autobús. El recinto al aire libre en el que se emplazan abre a diario desde las 8.30 h a las 17 h; para visitarlo hay que pagar una entrada.
Otra excursión emblemática desde Zelme, a sólo 5 km de la población, es al conocido como Valle de las Chimeneas de las Hadas, donde se pueden ver los pináculos volcánicos más fotografiados de Capadocia.

Más información
Oficina de Turismo de Turquía, en la Torre de Madrid planta 13, plaza de España nº 18. 28008 Madrid; Tel. 915 597 014.

CANADÁ


Con 250.000 kilómetros cuadrados de parques nacionales, el territorio canadiense fascina a los buscadores de naturaleza en estado puro. Visitamos las Montañas Rocosas, protectoras de algunos de esos tesoros.

El ferry se acerca a la ciudad de Victoria en el extremo sur de la isla de Vancouver. El viaje de una hora y media ha sido bastante desapacible, vientos fríos, cielo gris, mar aún más gris, y eso que estamos en julio. Quizá Victoria no sea el mejor lugar para conocer por primera vez Canadá, pues su imagen es muy distinta a la del resto del país. Esta urbe tiene el aspecto de una tranquila y conservadora ciudad inglesa, lo que no deja de ser un contrasentido si se tiene en cuenta que es el lugar más lejano de la antigua madre patria.

A pesar de que Canadá no consiguió su independencia del Reino Unido hasta 1931 y que sus profundas raíces anglosajonas son innegables, es un país sorprendentemente heterogéneo. Es posible que la coexistencia desde sus orígenes, con más o menos tensiones, de una población anglófona y otra francófona haya fomentado la creación de una sociedad abierta y multicultural, influida también por las sucesivas oleadas de inmigrantes que han mantenido a niveles sorprendentes su lengua materna, sus costumbres y su cultura, haciéndolas compatibles con un sentir profundamente canadiense.

Después de recalar en Victoria, mi primera parada en la isla de Vancouver es en la reserva nacional de Pacific Rim. Llego allí por la West Coast Trail, una ruta que bordea la costa oeste a lo largo de setenta y cinco kilómetros y que fue construida como acceso para socorrer a los supervivientes de los frecuentes naufragios del pasado. El trazado por la accidentada costa es tan sinuoso y difícil que me pregunto si en alguna ocasión habrán conseguido salvar a alguien. Después de tres días de marcha me acerco a Long Beach, al norte de la reserva. Se trata de una extensa playa de once kilómetros de largo, con densos bosques que llegan hasta la arena y centenares de árboles enormes caídos sobre ella. En comparación con mi primera visita –a principios de los setenta, cuando era uno de los lugares míticos del mundo hippie–, Long Beach aparece ahora muy tranquila.

Al norte del parque sale un ferry en dirección a la pequeña isla de Flores. Aquí hago transbordo a otro barco preparado para la observación de las ballenas, uno de los principales alicientes de esta costa, y mis expectativas no resultan defraudadas. En esta isla siguen viviendo los ahousat, unos de los primeros habitantes de Canadá, históricamente reprimidos y excluidos de la sociedad canadiense.

Actualmente están iniciando un importante proceso de reafirmación política y cultural, y muchos de ellos ofrecen servicios de turismo rural, cursos sobre su cultura, sus creencias espirituales y su artesanía. Entre sus manifestaciones artísticas más originales destacan los grandes tótems tallados en madera. Pero me abstengo por el momento de adquirir uno, ya que además de sus prohibitivos precios no me resultaría muy sencillo llevarlo en mi equipaje.
La isla de Vancouver daría para muchos más días de exploración, pero no es el objetivo de mi viaje, así que cojo de nuevo un barco, esta vez hacia la ciudad de Vancouver, ya en el continente. Rodeada de montañas y ríos, ésta es una ciudad dinámica, sofisticada y cosmopolita y, a la par, abierta, amable y tranquila; nada lleva a pensar que acoge a dos millones de habitantes. Por otra parte, es también el puerto más grande de la costa del Pacífico norteamericano y sus importantes lazos comerciales con Asia son evidentes. Como también lo es la influencia de su vecino del sur. La cercanía con Estados Unidos ha marcado profundamente la historia y la cultura de Canadá, para bien y para mal, y a pesar de que las similitudes entre ambos países son muy importantes, quizá son las diferencias, por sutiles que sean, las que tienen mayor trascendencia.

Por la carretera Transcanadiense
Vancouver está bordeada al sur por el río Fraser. Los próximos cuatrocientos kilómetros de mi viaje los realizaré por la carretera Transcanadiense, recorriendo el cañón de este bravo río y suafluente, el Thompson. La historia del río Fraser está vinculada, como la de muchos de los lugares del oeste de Canadá, con la búsqueda del oro. El trazado de una carretera a lo largo del cañón en 1858 fue una gran hazaña de la ingeniería de la época. Más tarde, el desfiladero fue testigo de otra proeza parecida con la construcción del ferrocarril Transcanadiense.
El arranque del valle del Fraser es ancho y da lugar a una zona rica en cultivos agrícolas, pero a medida que nos alejamos de Vancouver las montañas se cierran sobre el río formando el espectacular cañón del Infierno, cuyas paredes alcanzan los doscientos metros de altura. La velocidad y el ruido del agua producen vértigo. Es en este lugar donde los salmones, que suben río arriba para depositar sus huevos, lo tienen más difícil. El Fraser es uno de los lugares de mayor afluencia de este pez en el mundo: se ha contabilizado el paso de más de trescientos cincuenta mil ejemplares por el estrecho en un solo día.

El siguiente tramo de mi recorrido cruza las cordilleras de Monashee y Selkirk, que, aunque no son tan conocidas como las vecinas Montañas Rocosas de Canadá, ofrecen enormes atractivos, con sus numerosos glaciares, prados, lagos prístinos e impresionantes picos. Entre ambas cordilleras se encuentra el pueblo de Revelstoke. Desde aquí se puede ascender por una pista apta para coches hasta la cima de la montaña Revelstoke, en el parque nacional del mismo nombre, donde se disfruta de una vista increíble.

El parque nacional de Glaciar se encuentra en el corazón de las montañas Selkirks. Me apunto que debo regresar en invierno para ver cómo se aculmulan hasta diez metros de nieve en los puertos y cómo mantienen abiertas las carreteras con complejos sistemas de ingeniería.

Y por fin, tras el aperitivo, me dispongo a conocer el plato fuerte de este viaje, las Rocosas de Canadá. Sus cuatro parques nacionales, el Jasper, el Banff, el Kootenay y el Yoho, forman una de las extensiones protegidas más impresionantes y más grandes del planeta.

Me detengo en primer lugar en Lake Louise, el pueblo más visitado de las Rocosas, en pleno centro del parque de Banff. En 1882 la compañía de ferrocarriles construyó aquí el primer hotel y desde entonces ha sido un destino turístico de primer orden. El lago Louise, por su parte, es seguramente el lugar más fotografiado del país, y lo cierto es que su belleza deja atónito al que lo ve por primera vez.
Obviamente, el gran atractivo de las Rocosas es su naturaleza, por lo que me propongo hacer varias caminatas por la región. Pero hay otro aliciente en esta zona que resulta algo chocante con el entorno, y es la existencia de algunos hoteles antiguos de un lujo increíble, tanto que a veces es difícil decidir si son de muy mal gusto o de una sublime elegancia. El Banff Springs Hotel es el más famoso y, aunque dormir en él es prohibitivo para la mayoría de los mortales, me tomo un café mientras exploro sus impresionantes dominios. Los diversos balnearios y establecimientos de aguas termales son otro atractivo de los parques de las Rocosas, aunque reservo mi visita para después de algunos días de caminatas.

Desde el lago Louise sale hacia el norte la carretera Icefields, literalmente «campos de hielo», hasta el pueblo de Jasper, en el parque nacional del mismo nombre. Los doscientos treinta kilómetros que separan los dos puntos forman parte de uno de los paisajes más bellos que he conocido. La carretera sigue la línea de las cumbres en una ruta plagada de glaciares, valles alpinos, lagos, picos, cascadas, bosques y fauna de lo más diversa. Un alto en medio del recorrido permite contemplar el inmenso glaciar Columbia.

Para conocer el glaciar Athabasca se pueden concertar viajes en todoterrenos diseñados para este fin, pero yo prefiero optar por una caminata con guía y evitar así el riesgo de caer por alguna de las profundas grietas que atraviesan el hielo. Un teleférico sube desde Jasper hasta la montaña Whistler, desde donde se avistan los campos de hielo y el pico Robson, el más alto de las Rocosas de Canadá.
También hay alternativas en el lago Maligne, otro de los atractivos del parque de Jasper: se puede surcar en barco o a pie. Con la segunda opción hay que estar muy atento. Aquí, como en gran parte de las montañas de la Columbia Británica, es importante tener cuidado con los osos, por lo que en las zonas de mucha vegetación se recomienda ir cantado para no sorprenderles y, sobre todo, para que no nos sorprendan. No hay encuentros, lo cual produce una sensación de alivio pero también de pena. Y ahora sí, después de tanta inquietud, una visita a las cercanas aguas termales de Miente, las más calientes de la región, sienta de maravilla.
De vuelta al parque de Banff, empiezo mi última etapa del viaje. El rápido descenso hacia Calgary, ya en la provincia de Alberta, me sitúa en el límite entre las rocosas y la gran llanura, una inmensa pradera que se extiende casi dos mil kilómetros hacia el este. Calgary es una ciudad en la que se mezclan sin fisuras las tradiciones de los ganaderos y la más reciente influencia de la industria del petróleo que, en los últimos cincuenta años, la ha convertido en una dinámica ciudad y un importante centro financiero. Pero estos cambios no parecen haber afectado en nada la afamada hospitalidad de sus habitantes.

Tras los pasos de los dinosaurios
He planificado mi viaje para coincidir con una peculiar manifestación deportivo-festivo-cultural: el Calgary Stampede, la Estampida, diez días de fiesta, música, baile, exhibiciones agrarias y sana juerga. Para el espectador ajeno puede resultar bastante ridículo ver a todos los participantes vestidos de vaquero, trátese de un contable de Toronto o de la dependienta de unos grandes almacenes. Éste es, por supuesto, uno de los rodeos más importantes del circuito profesional, e incluye todas las especialidades: desde montar toros bravos y caballos salvajes, hasta saltar del caballo encima deun toro para tumbarle. No parece que ni los más acérrimos defensores de los animales puedan ponerles pegas, ya que los humanos suelen llevarse la peor parte de la contienda.

Antes de finalizar mi viaje hago un pequeño desvío hacia las Badlands –«tierras malas»– situadas a una hora al este de Calgary. Me siento atraído por una fascinación infantil por los dinosaurios. Las Tierras Malas tienen un doble interés: la erosión ha producido unos cañones profundos horadados en las extensas praderas de la región, lo que lo ha convertido en uno de los pocos lugares del mundo donde este proceso natural ha dejado expuestos fósiles, e incluso esqueletos enteros, de diversas especies de dinosaurios. Pese a los excesos de la comercialización turística, impresiona tanto el paisaje como el soberbio museo de Royal Tyrrell, la mayor exposición del mundo de la historia de estas criaturas.

He terminado mi ruta y, la verdad, me ha sabido a poco. Por eso ya planeo para el futuro realizar varios viajes por esta parte de la Tierra. Me gustaría atravesarla en tren, recorrerla en pleno invierno, subir hacia el norte de las Rocosas para entrar en el Yukon, bajar desde allí en barco por toda la costa, pasar unos días en un pueblo de los llamados indios «primera nación» aprendiendo de su historia y cultura...Sí, voy a ir pensando en otras posibilidades para engrosar esta inacabable lista de objetivos.

CAMINO DE SANTIAGO


Es la ruta más emblemática de la Península. Desde el siglo X, el flujo de peregrinos de todo el mundo a Santiago de Compostela impulsó la construcción de calzadas, hospederías y catedrales, que hoy son visitas ineludibles por su belleza y riqueza arquitéctónica.

En un albergue de Castrojeriz, un antiguo ejecutivo se levanta al alba para preparar el desayuno a los peregrinos. En otro de la provincia de Palencia, los hospitaleros voluntarios lavan los pies del caminante en señal de bienvenida. En un pueblo de Burgos, el Ayuntamiento da de comer a aquéllos que pernoctan en la localidad, a cambio de la voluntad, y en varios lugares de León estudiantes de podología curan gratis las ampollas a los romeros.

El sepulcro del apóstol
¿Qué misterio alberga la supuesta tumba del apóstol Santiago, aparecida hace más de 1.100 años en un lugar remoto de Galicia en un hecho más cercano a la leyenda que al rigor histórico, para que gente dispar de los cuatro confines del globo sigan siendo atraídas por el hechizo del Camino de Santiago? La respuesta no es sencilla, como tampoco es fácil explicar el auge de las peregrinaciones en pleno siglo xxi. ¿Religión? ¿Turismo? ¿Deporte? ¿Curiosidad? ¿Un poco de todo a la vez? Lo cierto es que el Camino de Santiago vive un nuevo período de esplendor alentado por el tirón de cada Año Santo, una bula papal instituida por Calixto II en 1122 y confirmada por su sucesor Alejandro III, que otorga indulgencia plenaria a los viajeros que visiten y recen en la catedral de Santiago de Compostela los años en que el 25 de julio, día de Santiago, coincida en domingo. Es justo lo que ocurre en este año 2004.
La historia es conocida, pero no está de más recordarla. Hacia el año 813 un pastor que se llamaba Pelayo sigue una señal luminosa del cielo y descubre un sepulcro en el solar en el que se yergue actualmente la catedral compostelana.

Una pasión europea
Podría ser uno más de tantas apariciones milagrosas ocurridas en épocas de enfrentamiento entre el mundo cristiano y musulmán, pero ésta iba a generar un efecto más allá del puramente religioso. El obispo de Iria Flavia, pese a no conocer aún las técnicas del ADN, determina que se tratan de los restos del apóstol Santiago, mano derecha de Jesús, decapitado en el año 42 por Herodes Agripa en Palestina. El obispo da a conocer la aparición al monarca asturiano Alfonso II el Casto, quien a su vez hace llegar la noticia al resto de reinos cristianos de Europa, muy necesitados de una figura aglutinadora ante el avance de la invasión musulmana. En apenas unos años, la pasión por visitar las reliquias del santo se dispara. «Europa se hizo peregrinando a Compostela», decía Goethe.
En Francia, todos los caminos de los peregrinos se agrupaban en cuatro grandes vías, tres al norte y una al sur, que a su vez confluían en los Pirineos. Para salvar las montañas había dos pasos claves. El primero y más importante, el puerto de Ibañeta, en Navarra, inicio del Camino Francés, donde desde el siglo xi los monjes de la colegiata de Roncesvalles ofrecen techo y comida a los caminantes a Compostela. El otro era Somport, el Summus Portus de los romanos, por donde entraban los peregrinos de Italia y el sur de Europa aprovechando los restos de una calzada romana de Burdeos a Zaragoza. Quienes entraban por Roncesvalles alcanzan en dos jornadas Pamplona, la primera gran ciudad del Camino. El templo que ahora ven los viajeros en medio de un casco viejo vivido y sentido de tabernas, palacios y piedras bruñidas tiene más de gótico y de neoclásico que de románico debido a las reformas llevadas a cabo tras el incendio de 1390.

La vía aragonesa
En la antigua iglesia románica de Pamplona, se sabe que trabajó el maestro Esteban, uno de los geniales canteros que más tarde levantarían la catedral compostelana, la meta de nuestro trayecto.
Los peregrinos que seguían la varian-te aragonesa pasaban por Jaca, cuya catedral es una de las precursoras del románico español gracias a la influencia del Camino; después seguían el valle del Aragón hacia Sangüesa y paraban más tarde en la ermita de Eunate –«cien puertas», en euskera–, uno de los lugares mágicos de la ruta. Eunate fue construida en el siglo XII por los caballeros templarios con un diseño de planta octogonal similar al del templo de Jerusalén y una sencillez de líneas que aún hoy deja perplejos a quienes descubren por primera vez su silueta entre los trigales navarros.
Ambos caminos se unen en Puente la Reina, la ciudad surgida en torno a un hermoso puente de piedra que la es-
posa del rey Sancho III de Navarra costeó para que los caminantes a Compostela pudieran vadear el río Arga.
Si Eunate destilaba magia, el vado sobre el Arga y la rectilínea calle Mayor de Puente la Reina –una vía de sirga larga y estrecha crecida de este a oeste– condensan autenticidad. En pocos lugares del Camino actual al peregrino moderno puede sentir con tanta intensidad el hálito de los otros millones de viajeros que como él pisaron esas piedras camino de un sueño. Como dice la inscripción en la base del monumento al peregrino a la entrada de Puente la Reina, «a partir de aquí, los caminos se hacen uno solo».
Tras cruzar Estella –una ciudad surgida también por y para el Camino–, el Camino Francés deja Navarra y entra en La Rioja, donde la huella jacobea está ligada a un nombre: santo Domingo de la Calzada, el santo ingeniero que gastó media vida en tender puentes, desbrozar bosques y abrir sendas para los peregrinos. Su memoria quedó inmortalizada en la catedral barroca de Santo Domingo de la Calzada, la compostela riojana, aunque a Santo Domingo –la localidad, no el santo– se la conozca más por la leyenda de la gallina que «cantó después de asada», uno de los muchos hechos milagrosos que siglos después siguen flotando en la memoria colectiva de la ruta jacobea.

La Rioja y Burgos
El mito, más o menos simplificado, cuenta cómo el ave asada que comía el corregidor de la ciudad echó a volar al dudar éste de que el santo mantuviera con vida a un joven peregrino ahorcado injustamente por un delito que no cometió. Este hecho ha permitido a Santo Domingo ser la única iglesia del mundo que mantiene desde hace siglos un ga-llo y una gallina vivos en su interior. Pero no es éste el único legado del Camino en La Rioja. La monumentalidad del casco viejo de Logroño, cuya Rúa Vieja es otra sirga peregrina que delata el paso de caminantes hacia el oeste, o la filigrana gótica del monasterio de Santa María la Real de Nájera hablan de la importante huella que la vía a Santiago dejó en tierras riojanas.
Las llanuras de La Rioja terminan en los montes de Oca y el puerto de La Pedraja, en cuyas alturas un cura da sopas a los caminantes al calor de las bóvedas góticas del monasterio de San Juan de Ortega. Pero la elevación no es más que un espejismo. Tras los montes de Oca, llega Burgos, que se atraviesa por la calle de Las Calzadas, la misma por la que discurrían los antiguos viajeros hasta alcanzar esa genialidad gótica que es su catedral. Y después de Burgos, la nada. O lo que es lo mismo, la terrible planicie castellano-leonesa, que durante más de diez jornadas va a poner un horizonte plano e infinito a la mirada del romero.

Por la ruta revitalizadora
Estamos sin duda en uno de los tramos más duros del Camino, sobre todo en verano. Pueblos que fueron importantes burgos, como Castrojeriz, Frómista o Carrión de los Condes; centros monásticos, como Sahagún, conocido como el Cluny español por la importancia y riquezas de su monasterio de San Benito, y docenas de aldeas perdidas en las soledades de la estepa, como Reliegos, Bercianos o Terradillos de Templarios, irán saliendo al paso del caminante.
Es en estos pueblos pequeños de la España más profunda donde mejor se nota el carácter revitalizador del Camino. Hace una década había que planificar las etapas con cuidado porque escaseaban los sitios donde comer y más aún en los que pernoctar. Hoy existen más de 130 albergues para peregrinos diseminados por toda la ruta, casi uno en cada pueblo, y una cantina en la más remota de las aldeas. Surgen nuevos negocios al socaire de las peregrinaciones –«Se llevan mochilas al siguiente refugio por dos euros» anunciaba un taxista local–. Crecen los albergues privados, donde se da cobijo y atención al peregrino a cambio de un precio que ronda los 6 euros. El cartel con el nombre de los pueblos se coloca también a la entrada de la senda peatonal, pues a muchos de ellos llega ya más gente a pie que por carretera.
El peregrino, en definitiva, ya no es alguien desvalido y necesitado, sino un turista con dinero al que se mira más como fuente de negocio que como receptor de caridad. Aunque, en el fondo, todo esto no es nuevo, ni intrínsecamente malo. También en la Edad Media el Camino fue una vía comercial que sirvió de revulsivo para repoblar territorios, fundar ciudades y afianzar el comercio.

El final del páramo
Tras cruzar León, donde le aguarda el delicado entramado gótico de la catedral, además de la basílica de San Isidoro, con un colosal panteón románico guardián de las reliquias de ese santo sevillano, el peregrino alcanza por fin Astorga y con ella, una buena noticia: ¡el páramo se acaba! Astorga, cruce de caminos en el que se unen los viajeros del sur que llegan por la Vía de la Plata y sede episcopal, cuenta con uno de los cascos históricos más celebrados de la provincia. Pero también representa el inicio de la subida a los montes de León, la mayor elevación de la ruta: casi 1.500 metros de altitud en la Cruz de Ferro, un milladorio emblemático. También los montes de León se han beneficiado del carácter vitalizante del Camino. Albergues, restaurantes, tiendas y negocios se abren ahora en pueblos que hace una década estaban casi abandonados.
Al otro lado aguarda El Bierzo, con dos ciudades importantes para la ruta: Ponferrada, cuyo castillo estuvo guarnecido por los caballeros del Temple, y Villafranca del Bierzo, cuyo nombre delata la repoblación de francos llegados por la vía jacobea. Villafranca es además la antesala de Galicia. Tras ella, el Camino se encrespa por el valle de Valcarce, la entrada natural de Castilla hacia las tierras gallegas, para subir hasta O Cebreiro, donde la niebla y la saudade anuncian que llegamos a territorios celtas.
Desde O Cebreiro quedan poco más de 150 kilómetros a Compostela. Nada para quien ha corrido ya medio norte peninsular en pos del mito. A partir de ahora la traza jacobea se sumerge en bosques de carballos, prados verdes y acuosos, corredoiras oscuras donde se emboscan el silencio y la morriña y aldeas minúsculas que van saliendo al paso del peregrino. Es como si hubiera sido abducido a un mundo rural, verde y diferente, el de la Galicia más intimista, la que sólo se descubre a pie o en las novelas de Pardo Bazán. Es verdad que se atraviesan algunos núcleos grandes, como Sarria, Triacastela o Portomarín, pero la sensación que atenaza al viajero desde que entra en Galicia es que camina por un cosmos desnudo de aldeas mudas, cruceiros de piedra e iglesias comidas por la hiedra y el musgo sin rastro del ser humano.

Llegada a Santiago
Sólo cuando por fin, tras el Monte do Gozo, se vislumbran las torres de la catedral compostelana, el ensimismamiento desaparece. De repente, Compostela se hace cuerpo pétreo. La ciudad construida en torno al sepulcro que halló un tal Pelayo hace ya más de 1.100 años fagocita al peregrino y le encandila con sus galanterías de vieja dama. La urbe de la que Valle Inclán decía que «las horas son una misma hora, eternamente repetida bajo el cielo lluvioso» lleva así, inalterada, varios siglos, viendo llegar peregrinos, viendo pasar el tiempo, dejándose empapar por las vanguardias pero sin contaminarse de ellas, mien-tras en las librerías venden planos urbanos que «no han variado en los últimos 200 años». Es fácil seguir la estela de los que nos precedieron: Porta do Camiño, Casas Reales, calle Azabachería, Vía Sacra, plaza de Quintana y, por fin, el Obradoiro. Sólo resta llorar un poquito. Porque,¿quién es capaz de llegar a pie a Santiago y no emocionarse?.

Cabo Verde


Boavista se extiende a lo largo de una inmensa llanura desértica pero rodeada por aguas cristalinas de color turquesa. El harmattan, una masa de aire cálido y seco es el responsable de todo este cúmulo de arena, que es una extensión del desierto del Sáhara.


Pero los vientos que esculpen un paisaje tan árido, a la vez son un atractivo para los amantes del windsurf y el flysurf. El nombre de Cabo Verde no hace justicia a este territorio y al parecer fueron los navegantes portugueses que bautizaron estas islas con el nombre de la cercana península senegalesa de Cap Vert.

La isla de Boavista se ha ganado la fama de cementerio de barcos, debido a su escarpado litoral, que traicionó a cientos de navíos. Una música nos acompañará constantemente en nuestro viaje: es el zouk, un estilo originario de las islas Antillas (mar Caribe) compuesto por instrumentos de percusión africanos con otros electrónicos más actuales. Sal-Rei es la capital de la isla, además del principal centro turístico.
El puerto, siempre bullicioso, constituye un lugar idóneo para sumergirnos en esta ciudad. Un buen vaso de grog, el ron típico, nos dará pie a entablar conversación con los pescadores de alguna taberna, aunque la mayoría sólo conocen el criollo, la lengua del archipiélago que nació del encuentro entre la cultura colonial portuguesa y la africana.

Un pasado vinculado a la explotación de las salinas en el siglo XVIII, que se convirtió en el principal motor de desarrollo de la isla. Y si deseamos conocer el interior de la isla, nada mejor que alquilar una bicicleta y atravesar por paisajes deshabitados en los que nos embarga la morna, una melodía con la que los nativos cantan al amor, a la saudade (nostalgia) y también a sus problemas cotidianos.

Este archipiélago se sitúa en el océano Atlántico, a 500 km del litoral de Mauritania y Senegal. Lo componen diez islas de origen volcánico. Boavista y Sal forman parte del grupo de Barlovento, en el norte del archipiélago, y Fogo, al de Sotavento. La capital del país es Praia, en la isla de Santiago.

A tener en cuenta
Para entrar en Cabo Verde se requiere el pasaporte y un visado turístico con una vigencia máxima de seis meses. El consulado tramita los diferentes tipos de visado, según el motivo de la estancia.
La moneda del archipiélago es el escudo caboverdiano: 1 euro equivale a 138,419 escudos.
El idioma oficial es el portugués aunque la lengua que se habla es un dialecto criollo.

Medidas sanitarias
En cuestiones de salud, Cabo Verde no es un país de riesgo. Sin embargo, es preferible tener en cuenta unas precauciones mínimas: informarse en un centro de vacunación sobre las vacunas imprescindibles; evitar los alimentos crudos y consumir agua embotellada; protegerse contra las picaduras de insectos –hay riesgo de malaria–; si se sigue algún tratamiento, llevar los fármacos desde España. Las gorras y la crema protectora para el sol son indispensables.

Cuándo ir
La época más agradable para viajar al archipiélago de Cabo Verde es de mayo a noviembre, cuando la temperatura diurna se mantiene en torno a los 30º C. Entre los meses de noviembre y julio, la temperatura media desciende hasta los 20-25 º C.

Cómo llegar
En avión, vía Lisboa, hasta el aeropuerto de Espargos, en la isla de Sal, uno de los puntos de entrada internacionales a Cabo Verde. El vuelo desde la capital portuguesa dura unas tres horas y media. Algunas compañías africanas también enlazan con Sal. Si se entra al país por otra isla, se puede coger uno de los vuelos locales del archipiélago. Más información sobre vuelos: www.flytap.com y www.tacv.cv.

Cómomoverse
Sal y Boavista están conectadas por líneas regulares de avión y barco. Para visitar la isla de Fogo es inevitable hacer escala en la capital caboverdiana (Praia, en la isla de Santiago), tanto si se viaja en barco como en avión.
Diversas conexiones aéreas y marítimas enlazan el resto de islas –hay que comprobar los horarios de salida y llegada, pues cambian cada temporada–.
Para recorrer las islas existen varias opciones: taxi, coche y bicicleta de alquiler o aluguer, como se llama al transporte público en las islas, tanto si son autobuses de línea como vehículos privados que aceptan pasajeros. El coche y las bicicletas se alquilan en las poblaciones más importantes.

Dónde dormir
En la isla de Sal, Santa María concentra la oferta hotelera más diversa. En Boavista, la ciudad de Sal-Rei cuenta con buenos hoteles en el centro histórico y en la costa. Otra idea es alojarse en casas privadas, un sistema asequible (www.bela-vista.net).

Visitas imprescindibles
Sal-Rei. Principal población de Boavista. La plaza, el puerto, el paseo marítimo y la playa son los puntos donde se observa la vida de Sal-Rei.
Playa de Atalanta. Situada en la Costa de Boa Esperança, al noroeste de Boavista, es un lugar tranquilo. Cerca de la playa se ven los restos de un viejo barco embarrancado.
El Norte. Es la zona rural de Boavista. Por las fiestas de San Juan (junio) se celebran procesiones y se baila la colá, una danza a ritmo de tambor. Un recorrido circular desde Sal-Rei permite conocer el paisaje rojizo y las pequeñas aldeas del interior de la isla.
Santa María. Este pueblo es el centro turístico de Sal. En sus animados locales se baila zouk y se escuchan tocatinhas de música tradicional isleña. Durante la segunda quincena de septiembre se celebra un famoso festival de música en la playa de Santa María.
Buracona. Un paraje natural de la isla deSal, con piscinas naturales y grutas rodeadas de rocas volcánicas, moldeadas por la acción del agua y del viento. Al norte de Espargos.
Pedra Lume. Situadas dentro de un cráter extinto, en esta población se hallan las mayores salinas de la isla de Sal. Vale la pena bañarse para comprobar cómo los cuerpos flotan más de lo normal.
Isla de Fogo. Esta isla-volcán del sur de Cabo Verde merece una escapada desde Boavista o Sal. Hay una ruta en coche que circunvala el volcán Fogo y otra que lo asciende a pie.

Isla de Sal
El taxi y el aluguer comunican el aeropuerto con Espargos, capital administrativa de la isla. Allí se pueden alquilar vehículos y contratar excursiones en las agencias de viajes de la calle 5 de Julho. Unos 18 km al sur de Espargos, Santa Maria es el destino mejor dotado en infraestructuras. En sus playas se alquilan equipos de windsurf y submarinismo, y también se hacen cursillos. Además, cuenta con una zona de ocio nocturno. Al este de Espargos (6 km) se halla Pedra Lume, un antiguo centro salinero; es posible bañarse en la salina de un cráter. En la costa oeste conviene visitar Palmeira, un pueblo de pescadores. A 3 km de aquí se encuentra Buracona, una zona con piscinas naturales.

Isla de Boavista
Del aeropuerto de Rabil a la ciudad principal, Sal-Rei, se puede ir en aluguer. Otra opción para llegar a Boavista desde la isla de Sal es a bordo del barco que enlaza Palmeira y Sal-Rei. En la costa este está Praia Chave, una de las mejores zonas naturales de Boavista; es recomendable visitar el lugar al atardecer, por los colores que adoptan las dunas blancas.
El interés de Sal-Rei se centra en las playas, en los edificios coloniales del centro y en las ruinas de la torre de defensa del ilhéu de Sal-Rei –se llega en barca desde el puerto–. De Sal-Rei sale un autobús que realiza una ruta circular de un día por la isla. Al sur, en la Praia de Santa Mónica,desovan las tortugas marinas. En dirección norte se llega hasta la Costa de Boa Esperança. Si se desea visitar «el Norte», el interior de la isla, lo mejor es subir a alguno de los aluguer que cada mañana parten de la plaza Central de Sal-Rei.

Isla de Fogo
El aeropuerto y puerto de esta pequeña isla del sur se hallan en São Filipe. Una carretera circular con bonitas vistas recorre el perímetro de la isla. El principal atractivo es subir el volcán Fogo (2.389 m). Otra visita de interés son los cafetales de Mosteiros.

Más información
Consulado de Cabo Verde: c/. Capitán Haya, 51. 28020 Madrid. Tel. 915 702 568.

CABO NORTE


El extremo más septentrional del continente europeo atrae a los amantes de los destinos de leyenda. También es un reclamo para explorar todo el espectacular norte de Noruega.

Aquí no tenemos ni buen ni mal tiempo, sino sólo mucho tiempo». Tor Magne Mihalsen, capitán del ferry que une Kåfjord con Honningsvåg, en la isla de Magerøya, maniobra la caña del navío en un canal embravecido por la furia del Mar del Norte mientras ironiza sobre los tópicos que cubren su país, Noruega. Fuera, todo es negritud y hielo.

Aunque acaban de dar las cuatro de la tarde, las luces del barco apenas logran rasgar el oscuro manto que envuelve la penumbra ártica. Sin embargo, los pasajeros del navío no son rudos exploradores polares; en su mayoría, son vecinos de la isla que regresan de hacer sus compras en el continente o turistas en busca del Cabo Norte en invierno. Y a ninguno parece impresionarle esta pequeña travesía marítima a 900 kilómetros al norte del Círculo Polar Ártico.

Un país para disfrutar todo el año
Al expresarle mi sorpresa, Tor sonríe y me dice que los noruegos, habitantes del país más próximo al polo norte del continente, se ríen de los tópicos que los viajeros les atribuyen. «Siempre pensáis que todos los fiordos son iguales, que todo es muy caro, que siempre hace frío... Pero de los que más nos carcajeamos es de los que creen que Noruega sólo se visita en verano», exclama.
De hecho, los noruegos saben disfrutar de cada una de las estaciones. En estos momentos, principios de la primavera, con una capa de nieve cubriendo la llanura de Finnmark, la provincia más norteña de Noruega, sus habitantes gozan con el esquí nórdico en pistas iluminadas, salen a cazar con sus motonieves, pescan a través de un agujero hecho en la capa helada de los lagos, hacen iglús para los niños... Como decía Britt, una buena amiga noruega, «si exceptuamos el queso marrón, nada excita más a un noruego que un paisaje nevado y una temperatura inferior a 15 grados bajo cero».
Acodado en la pasarela del puente del ferry, mientras las luces de Magerøya se ven ya en lontananza, pienso en lo distinto queresulta este océano frío comparado con la última vez que lo vi, un verano de dos años atrás, mientras recorría las islas Lofoten en bicicleta.
Las Lofoten son como un exabrupto del magma terráqueo solidificado en medio del Mar del Norte. Vistas desde el barco que las comunica con Bodø, en el continente, las islas forman un muro de piedra cortado a pico, sin un solo rastro de vida animal o vegetal. Luego, conforme te acercas a la isla Moskenes, vas viendo puntitos de colores en las calas, barquitos fondeados en los fiordos y pequeños pueblos de pescadores agarrados de manera imposible al poco espacio horizontal de estas fortalezas de piedra negra en medio del océano.
Me alojé en un poblado de nombre misterioso, Å –pronúnciese «o»–, en una rorbu, antiguas cabañas de pescadores que ahora se utilizan como alojamiento rural para los visitantes. Algunas tienen incluso su propia sauna, ese invento finlandés que es mucho más que un baño de vapor. La sauna tiene una dimensión espiritual: es punto de encuentro, lugar de charla e incluso foro de reuniones. Para un escandinavo, la sauna es lo que para un latino la barra de un bar.

Un paisaje extremo y encantador
Pedalear por las islas Lofoten es una manera placentera de descubrir el Círculo Polar Ártico. Debido a su extrema orografía, el interior de las islas no está colonizado. La única carretera que circunvala el archipiélago discurre cosida a pespunte a un litoral sobre el que se suceden sin parar bahías solitarias, ensenadas de azul intenso, fiordos y casitas de madera de colores chillones. La saturación de paisajes bucólicos llega a empalagar. Fuera de las dos grandes urbes –Leknes y Svolvær–, no hay en el archipiélago un elemento discordante, una tropelía urbanística que rompa la magia del escenario ártico. Si se dirige la mirada al interior, las montañas verdes, los lagos de agua dulce y los neveros producen una sensación alpina. Cuando se gira el cuello hacia el mar, la percepción choca conel ambiente marino de los secaderos de pescado y los panzudos barcos que han hecho de las Lofoten la capital mundial del bacalao.
De vuelta al continente bajé hasta Tromsø, la ciudad más grande por encima del Círculo Polar. Es una urbe universitaria de más de 50.000 habitantes con mucho ambiente callejero... hasta las cuatro de la tarde. A esa hora se cierran las tiendas y el mercadillo de la plaza central, la que da al puerto, y la ciudad queda desierta. Pero merece la pena acercarse a Tromsø aunque sólo sea por visitar el antiguo almacén portuario del siglo xix que acoge el Museo Polar: un recorrido histórico por la navegación ártica y las exploraciones polares que tuvieron en esta ciudad una de sus bases predilectas para lanzar los infructuosos ataques hacia el mítico polo norte. El museo dedica buena parte de sus salas a la figura de Roald Amundsen, el explorador noruego que conquistó el polo sur.

Las grandes expediciones
El 18 de junio de 1928, Amundsen partió del aeropuerto de Tromsø en la aeronave Latham para tratar de socorrer a su amigo Umberto Nobile y los tripulantes del dirigible Italia, accidentado en la banquisa polar. Nunca más se supo de Amundsen ni del resto de la tripulación.
El gran norte noruego es un territorio vasto, infinito, tierra de la noche perpetua y de la luz sinfín, en el que la puesta de sol veraniega dura dos meses y medio. El 95% de su territorio son bosques vírgenes y sus habitantes aspiran a que sigan así. Los noruegos tienen un fuerte espíritu colectivo de conservación del entorno que se delata en los pequeños detalles cotidianos: en las tiendas es fácil verles buscar los objetos que exhiben la marca del Cisne, un distintivo oficial que garantiza que ese bien de consumo respeta estrictas normas ambientales.
En un territorio tan extremo no es de extrañar que el avión sea la única forma de garantizar las comunicaciones con los pequeños asentamientos humanos que se diseminan en esta tundra blanca.
La compañía aérea SAS en el gran norte es como un autobús de línea regular, pero con alas. De Tromsø a Alta, por ejemplo, no hay más de cuatrocientos kilómetros, pero el avión puede hacer tres o cuatro escalas intermedias en otros tantos minúsculos aeropuertos, tan pequeños como una parada de taxis.

Por la laponia noruega
Alta es la capital de la región de Finnmark, la laponia noruega, un territorio en la misma latitud que Siberia, Groenlandia o Alaska al que la cálida corriente del golfo le permite tener un microclima más benévolo que el que le correspondería: mantiene libre de hielos el trozo de costa más grande de todo el casquete polar ártico. En Finnmark, la tierra donde los horizontes son tan anchos como el cielo, habita la mayoría del pueblo sami, los mal llamados lapones, auténticos aborígenes del norte de Escandinavia. Hay samis en Suecia, en Rusia y en Finlandia, aunque la población más numerosa, 50.000 de un total de 70.000 individuos, vive en Noruega.
Fieles guardianes de sus tradiciones, los samis no han tenido ningún empacho en adaptarse a las nuevas circunstancias. Viven en casas con antena parabólica, usan teléfonos móviles, sus hijos estudian en la universidad y siguen a sus rebaños con motos de nieve y GPS. A diferencia de otras minorías étnicas, su integración no ha supuesto la aniquilación de su cultura ni su expulsión a los más bajos estratos de la sociedad.
Mientras que en otros pueblos árticos, como los inuit –esquimales–, la aculturización de los jóvenes amenaza la pervivencia de sus costumbres, muchos jóvenes samis se sienten orgullosos de dedicarse a lo mismo que sus antepasados. El problema es que no todos pueden. El pastoreo de renos es una actividad altamente destructiva para la naturaleza, porque los animales necesitan grandes espacios y devoran todo vegetal que encuentran. El gobierno controla de forma estricta las licencias para las granjas de renos y los permisos sólo pueden cederse por el padre a uno de loshijos; el resto debe dedicarse a otra cosa.

La cultura tradicional sami
En Karasjok, los samis tienen un parlamento propio e instituciones de gobierno con cierta autonomía frente al poder central de Oslo. Muchos de ellos, como Piera Biret Terje, mi anfitrión, no tienen problemas en recibir a turistas en un símil de tienda aborigen para enseñarles cómo vivían sus antepasados.
«La vida de los samis es muy dura. Trabajamos con los renos y ellos están siempre fuera, en la tundra, aunque nieve, haga viento, llueva o la temperatura descienda a 50 bajo cero», me dice mientras prepara al fuego un guiso de carne de reno con patatas y zanahorias, manjar tradicional sami para ocasiones de fiesta. «En invierno, los renos están en las altiplanicies del interior. A partir de abril se mueven hacia la costa porque allí no hay mosquitos y la hierba es más abundante. De manera que el año sami gira en torno los renos. Además, son ellos y no nosotros los que deciden qué día empieza la migración», asegura.
Uno de los destinos favoritos de los renos de Piera es precisamente la isla de Magerøya, a la que me dirijo con el ferry del capitán Tor. Los renos cruzan a nado el estrecho que separa la isla del continente, aunque Piera ya no utiliza el barco: hace un par de años se inauguró un túnel submarino de casi siete kilómetros por el que circula una carretera de dos direcciones. Imagino que Tor Magne andará inmerso en otras singladuras por los gélidos fiordos de Finnmark.

El mítico Cabo Norte
Aunque no son los renos lo que me lleva a Magerøya, un lugar rico en pastos pero donde no hay ni un árbol –hace unos años los vecinos plantaron uno, pero murió–, sino un lugar mítico, un destino de leyenda: el Cabo Norte, el punto más septentrional de Europa.
Un páramo inerte, desolado, de pura piedra magmática escolta la estrecha carretera que llega hasta el paralelo 71º 10’ 21’’, latitud norte: el extremo septentrional de Europa. En invierno, lanieve se come el páramo yermo y la ventisca zarandea todo lo que levante un palmo del suelo, mientras ese mar grisáceo y amenazador que apunta en el horizonte convierte el paseo hasta el Cabo Norte en una gran aventura. Sin embargo, en verano, centenares de coches llegan a esta esquina norte del continente para ver en primera fila el espectáculo del sol de medianoche. Unos agobios que seguro no experimentó Richard Chancellor, el marino inglés que lo navegó por primera vez a vela en 1533 en busca de un paso a las Indias por el Noreste.
Los noruegos han tallado en el duro subsuelo del cabo un gigantesco centro de acogida y de exposiciones, con restaurantes, tiendas de recuerdos, una enorme cristalera abierta al sol de medianoche y una exposición sobre el descubrimiento y conquista de este remoto accidente geográfico, incluida una colección de arte tailandés cedida por el rey de Siam tras su visita al cabo en 1907. Pero no es ésta la única rareza del museo del Cabo Norte. Junto a una capilla, en la que se celebran bodas, se encuentra la Suite 71º 10’ 21’’, la habitación nupcial más septentrional del mundo, para quienes deseen darse el capricho de inaugurar su relación marital con vistas al sol de medianoche.

La grandeza del Ártico
Desde la balconada exterior del museo, donde una esfera armilar marca la latitud mítica, el significado de inmensidad toma cuerpo en estas soledades árticas. El océano, que siempre ha marcado el ritmo de vida escandinavo, es aquí, más que en ningún otro lado, una incitación a la aventura. Con todo en su contra, incluida la climatología, los vikingos salieron de estas gélidas aguas y conquistaron Mallorca, el Mar Negro
y América del Norte. Parece como si nada habitable pudiera existir más allá de este oscuro y traicionero mundo de agua fría. Y sin embargo, mil kilómetros al norte de este lugar en el que ahora nos encontramos existe más tierra noruega: el archipiélago de las Svalbard, la tierra de las montañas piramidales, como la llamó su descubridor, el piloto holandés William Barentz, en 1596. Una tierra más extrema aún donde la perseverancia y la obstinación escandinavas han logrado crear un mundo confortable a un tiro de piedra del polo norte. Pero ésa es ya otra aventura.

 
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